domingo, mayo 24, 2009

El amparo de Corrientes a la preservación de las Misiones

Hubo un momento en que los pueblos de las Misiones estuvieron en peligro de perderse por la intolerancia de un poderoso hechicero llamado Ñesú, que al ver que su poder se iba desvaneciendo por la influencia de los padres jesuitas comenzó a conspirar su destrucción. Ñesu esperaba recuperar su influencia y poder aniquilando a los religiosos y borrando de la faz de la tierra todos sus símbolos que representaba a su Dios.

Los antiguos pueblos de las jesuítica Provincia de las Misiones tienen su origen en la labor evangelizadora que llevaron adelante los padres jesuitas desde principios del siglo XVII. Su gran iniciador fue el padre Roque González de Santa Cruz, asunceño de nacimiento, quien por orden del padre Marciel de Lorenzana comenzó en el año 1612 a explorar el territorio del río Uruguay, transitando por parajes en los que nunca antes había entrado un español. Al advertir que las tierras estaban pobladas por gran cantidad de indios guaraníes, se propone agrupar a los indios en poblados, para lo cual obtiene del general Francisco González de Santa Cruz, su hermano que ese entonces era teniente de gobernador de la ciudad de Asunción, licencia con facultades para fundar reducciones en las zonas próximas a los ríos Paraná y Uruguay. Fue así como se fueron fundando las reducciones de Nuestra Señora de la Encarnación de Itapúa (25.03.1615), Santa Ana (1615, que luego pasó a los padres franciscanos), Yaguapóa (1618, que luego se fundió con Corpus Christi), Nuestra Señora de la Limpia Concepción del Ibitiracuá (08.12.1619), San Nicolás del Piratiní (03.05.1626), San Francisco Javier (1626), Nuestra Señora de los Reyes de Yapeyú (04.02.1627), Nuestra Señora de la Candelaria del Caazapá Miní (principios de 1628), la Asunción del Yjuhí (15.08.1628) y la de Todos los Santos del Caaró (01.11.1628). Es por ello que el padre Roque González de Santa Cruz fue el verdadero precursor de la población de estos territorios y a quien podríamos llamar con justicia el fundador de las Misiones del Uruguay.

Los primeros años de la población no se transitaron con facilidad, los padres debieron luchar contra las antiguas costumbres y hábitos fuertemente arraigados en la población guaraní, que se debatían entre el nuevo Dios que se les presentaba y las antiguas creencias sustentadas por sus hechiceros. Aunque muchos de ellos comenzaron a profesar la fe cristiana, otros permanecieron leales a sus hechiceros que conspiraban en secreto contra los padres jesuitas. Fue así que sobrevino el más cruel de los actos perpetrados, el martirio de los padres Roque González de Santa Cruz, Juan del Castillo y Alonso Rodríguez, que fueron masacrados salvajemente por los sequitos del cacique Ñesú.

Reconstrucción inédita del martirio y de la jornada de auxilio a los religiosos de la Compañía de Jesús por los vecinos de las Corrientes

En el mes de diciembre del año 1628, el capitán Manuel Cabral de Alpoin se encontraba en el pueblo y reducción de Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Itatí en compañía de su doctrinante fray Juan de Gamarra, cuando de repente llegó el padre Francisco Clavijo de la Compañía de Jesús trayendo nuevas de como los indios del Uruguay se habían alzado y muerto a los padres Roque González de Santa Cruz, Juan del Castillo y Alonso Rodríguez y que las vidas de los demás padres corría peligro porque los indios querían matarlos a todos y destruir todas las reducciones. Por la gravedad de lo sucedido, se dirigieron inmediatamente a la ciudad de las Corrientes y en el viaje el capitán Manuel Cabral de Alpoin se fue interiorizando de los pormenores de lo sucedido.

Al padre Roque González de Santa Cruz le había facilitado la entrada a la tierra del Caaró un cacique llamado Quarobay. Habitaba además en aquellas tierras, en un paraje llamado Yjuhí, un cacique hechicero muy poderoso llamado Ñesú, el cual en un principio fue amable con los padres, pero luego de darse cuenta de cómo iba perdiendo su primacía entre los indios comenzó a dar aviso a todos los caciques que matasen a los padres que había en sus tierras, porque de otra manera echaría sobre ellos innumerables maldiciones.

El miércoles 15 de noviembre de 1628, los padres Roque y Alonso se dispusieron a celebrar la fiesta de la dedicación del pueblo del Caaró desconociendo el conjuro que contra ellos se había hecho, después de dar la misa el padre Roque se encontraba aderezando una campana y poniéndole una cuerda en la lengüeta para colgarla de la capilla y así tocarla y alegrar a la gente. Fue entonces cuando el cacique principal Carupé hizo una señal a uno de sus indios llamado Maraguá para que lo matase, procediendo éste a darle un furioso golpe con un garrote en la cabeza del padre Roque, que lo mató al instante. Exsultantes con esta victoria, se dirigieron luego a la choza donde estaba el padre Alonso y lo mataron a porrazos y seguidamente despojaron la iglesia de sus ornamentos y se vistieron algunos con las rasgadas vestiduras sacerdotales, no satisfechos con las atrocidades cometidas, destrozaron una imagen de la virgen que el padre Roque llevaba siempre consigo y procedieron luego a quemar los cuerpos de los dos religiosos junto con la capilla. Fue en ese momento, en medio de las llamas, cuando les hablo el corazón del padre Roque, les dijo en su lengua a los naturales “...que él había venido a sus tierras por el bien de sus almas... que aunque me matáis no me matáis, mi alma va al cielo, y no tardara el castigo...”. Al no comprender los indios de donde salían estas palabras, ya que la cabeza del padre Roque estaba hecha pedazos, procedieron entonces a abrirle el pecho y sacarle el corazón, atravesándolo con una flecha y volviéndolo al fuego otra vez, el cual no se quemó, quedo solamente algo chamuscado pero entero. No todos los indios fueron cómplices de esta barbarie, muchos de ellos se vieron sorprendidos por lo sucedido y manifestaron su dolor y pena, entre ellos un cacique anciano reprendió a los asesinos por su feroz crimen y por esta acción lo mataron a golpes de palo.

La noticias de la muerte de los padres llegó al paraje del río Ijuhy el viernes 17 de noviembre e inmediatamente el cacique Ñesú envió una chusma a buscar al padre Juan del Castillo. Lo sorprendieron a las tres de la tarde mientras estaba rezando vísperas en la puerta de la capilla, lo llevaron atados de manos dándole golpes y arrastrándolo por la tierra cantando “ahora morirás en nuestras manos como Roque y Alonso y no quedará de vuestra familia rastro alguno”. El padre Juan les rogó que lo llevasen con sus hermanos para morir juntos, a lo que respondieron con estocadas de lanzas, flechas y otros palos agudos en todo su cuerpo y en los ojos, arrastrándolo por los pedregales y rematándolo con dos piedras grandes sobre su cabeza, echándole mucha leña encima y prendiéndole fuego.

Después de todo lo referido, sucedieron otros acontecimientos en las reducciones vecinas que fueron inmediatamente resguardadas por el buen capitán Nicolás Ñeengrirú, famoso cacique y caudillo de la reducción de la Concepción del Uruguay que llegó a congregar más de setecientos indios dispuestos a vengar la muerte de los padres.

Mientras tanto, al llegar Manuel Cabral y los dos religiosos a la ciudad de las Corrientes, se dirigieron al Cabildo donde el padre Francisco Clavijo relato lo sucedido y suplico les ayudasen. El Capitán Rodrigo Pérez, que a la sazón era alcalde ordinario, dispuso por un Auto que se despachase gente al socorro solicitado.

La reclutación fue voluntaria, el capitán Manuel Cabral de Alpoin fue el primero en ofrecerse, diciendo que iría a su costa, aportando municiones y pertrechos y pagando si fuera necesario soldados que le acompañen. No tardaron en sumarse otros siete vecinos de las Corrientes, entre los que se encontraron Pedro de Aguirre, Felipe Ruy Díaz, Jerónimo Pérez de Ibarra, Miguel Ortiz de Leguizamo, Juan de Lencinas, Alonso Cano y uno más cuyo nombre no consta en los documentos. Como la situación era de extrema necesidad, partieron ese mismo día de las Corrientes el padre Francisco Clavijo, fray Juan Gamarra, Manuel Cabral y los siete soldados correntinos rumbo a la reducción de Itatí, donde reclutaron doscientos indios guaraníes, al frente de los cuales iba el capitán Santiago Guarepí, cacique principal y capitán a guerra de la reducción.

Hasta ese momento, los preparativos para el socorro le habían insumido ya ocho días, después de los cuales partieron inmediatamente para la reducción de Itapúa que estaba a cincuenta leguas de la ciudad de las Corrientes. A su llegada hallaron al padre Diego de Boroa, a la sazón rector del Paraguay y superior de las reducciones, que estaba sumamente afligido por lo sucedido y desconsolado de ver que en el Paraguay no le habían querido dar socorro. Se dirigieron entonces a la reducción de la Concepción, donde hallaron seis o siete indios presos por estar implicados en el levantamiento, con los cuales procedió el capitán Manuel Cabral de Alpoin a realizar las averiguaciones pertinentes sobre los delitos cometidos y convencido de que tres de ellos eran culpables de la muerte de los padres, mando hacer justicia de ellos ahorcándolos.

Al día siguiente pasaron a la reducción de San Nicolás de Piratiní donde casi no se detuvieron, dándoles a entender a sus habitantes que iban a castigar a los delincuentes y a socorrer a los indios buenos. Allí se les sumó otro grupo de indios amigos y con ellos pasaron a la reducción de la Candelaria donde llegaron el martes 19 de diciembre al medio día, se encontraron allí con otro vecino de las Corrientes llamado Cristóbal Gallegos que había estado vaqueando con el padre Antonio Bernal. Pasaron allí la noche y al amanecer del miércoles, cuando salía el sol, se encontró la reducción rodeada de gran número de indios que en pie de guerra se aprestaban a darle asalto. Fue entonces cuando el capitán Manuel Cabral de Alpoin dispuso la gente para salir a su encuentro en número de cuatro españoles y quinientos o seiscientos indios amigos, dejando tres españoles con doscientos indios amigos en guarda y defensa de la reducción y de los padres que en ella estaban.

Avanzaron hasta encontrarse cara a cara con los enemigos y comenzaron a pelear, pero al ver los enemigos el daño que los arcabuces les producían comenzaron a replegarse a un monte cercano, donde se fortificaron construyendo una empalizada de ramas para defenderse. Viendo lo sucedido, el capitán Manuel Cabral de Alpoin dio orden a los indios amigos para que entrasen en el monte en seguimiento de aquellos y como no se atrevían a entrar, alegando que por estar fortificados los iban a matar, el capitán Manuel Cabral de Alpoin y los cuatro soldados correntinos tomaron la iniciativa y entraron al monte, esta valerosa determinación bastó para que los siguieran los indios amigos y luego comenzó una dura batalla hasta que se les acabo las municiones, razón por la que tuvieron que replegarse nuevamente fuera del monte.

Como la batalla no progresaba, envió gente a la reducción para ver si habían sido atacados y como esto no sucedió, requirió que viniesen los tres soldados correntinos que allí se hallaban con los indios que quedasen para hacerles todos juntos frente al enemigo. Rodearon el monte y les mando decir a los enemigos fortificados que entregasen a los culpables de la muerte de los padres, que si así lo hacían, les aseguraba la vida y libertad de los demás, le respondieron “que no saldrían y si entraban les matarían a todos y en sus cabezas habrían de beber chicha”. Conocida la negativa, entraron de nuevo al monte y pelearon con gran valor hasta que los desbarataron y los que huían eran capturados por los indios amigos que los esperaban fuera del monte. Prendieron a más de cien y los llevaron a la reducción de la Candelaria, adonde nuevamente hicieron los interrogatorios y averiguaciones necesarias para hallar a los culpables y hallaron entre ellos doce caciques principales implicados en el delito.

Al día siguiente fueron hasta el río Ijuhy, paraje donde habían matado al padre Juan del Castillo, paraje que encontraron despoblado y solo pudieron prender a un indio que fue ajusticiado por ser uno de los responsables de la muerte del padre Castillo. Volvieron luego a la reducción de la Candelaria, donde nuevamente hicieron interrogatorios y averiguaciones entre los indios capturados para saber cuales de ellos eran los mas principales, hallaron entre ellos dos caciques, a los cuales Manuel Cabral les dio instrucciones para que entrasen a la tierra y les dijeran a los demás indios que sean buenos y obedientes con los padres y que sean cristianos y les dijeran a los demás indios que la guerra se había acabado.

Antes de soltar a los caciques, les hizo una demostración del poder que los españoles tenían, para lo cual tomo un tablón de los mas gruesos que halló y mando a Pedro de Aguirre que le tirase con un arcabuz, la bala atravesó de claro el madero y los indios quedaron pasmados y atemorizados pues nunca antes habían visto un arcabuz, diligencia que se realizó solo para amedrentarlos y les dio ocho días de plazo para que cumpliesen su misión, ordenándoles además que devuelvan todo lo que les habían robado a los padres.

Después de unos días regresaron los caciques trayendo algunas de las cosas que habían robado a los padres, diciendo que los indios se hallaban todos desparramados por los montes y por el temor que tenían no se animaban a volver ahora, pero que lo harían ni bien les pasase el miedo y se reducirían y obedecerían a los padres. De allí se dirigieron a la reducción de San Nicolás, la cual aseguraron y el capitán Manuel Cabral de Alpoin les volvió a advertir a todos que sean buenos con los padres, que si no lo hacían volvería a venir con más españoles y los castigaría a todos. Quedó así la reducción en paz y quietud y por esa razón volvieron a la reducción de la Concepción, donde permanecieron por espacio de catorce días construyendo balsas y canoas para ir río arriba en procura de los responsables que faltaba castigar. En el transcurso de estos días, llegaron varios mensajeros a pedir y rogar que los españoles no volviesen, que ellos se comprometían a traer de donde estuviesen a los caciques responsables y su chusma que faltaba castigar. Aceptó ésta proposición Manuel Cabral y les dio catorce días de plazo para que los hallasen y los llevasen a la ciudad de las Corrientes, y así lo aceptaron y partieron en su búsqueda. Antes de partir para la ciudad de las Corrientes, Manuel Cabral les pidió a los caciques de la reducción que recibiesen a los indios que había traído presos con él y les diesen tierras para sus labranzas y para hacer sus casas y que los tuvieran por naturales de ella.

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Mapa de la Jornada de Socorro a las Misiones del Uruguay

Como reconocimiento de los servicios prestados por el capitán Manuel Cabral de Alpoin, los padres de la Compañía de Jesús le extendieron en agradecimiento una “Certificación de Servicios”, la cual fue hecha en la reducción de la Concepción del Uruguay el 14 de enero de 1629, firmada por el padre Diego de Boroa, rector del Colegio de la Compañía de Jesús y superior de las reducciones del Paraná y Uruguay, en nombre de los padres Diego de Ampuero, Diego de Alfaro, Francisco Clavijo, Alonso de Aragón, Pedro Bosquer, Pedro Romero, Adriano Crespo, Tomás de Urueña, Andrés de la Rua, y Josepe Ordoñes.

Pacificada la región, Manuel Cabral con sus siete valientes soldados y los indios guaraníes de Itatí se dirigieron a la reducción de Itatí, donde fueron recibidos con procesión y gran fiesta. De allí prosiguieron hasta la ciudad de las Corrientes, donde al cabo de unos días trajeron a uno de los caciques culpables y del cual se hizo justicia ahorcándolo en la plaza pública, el otro cacique dijeron no lo pudieron hallar porque se había retirado tierra adentro hacia la mar donde le perdieron el rastro, el cacique fugitivo era nada mas y nada menos que Ñesú.

Lo notable de esta jornada fue que aunque hubo muchos heridos, inclusive Manuel Cabral salió muy mal herido, no hubo ninguna baja que lamentar ni de españoles ni de indios amigos. Esta jornada de socorro fue un notable servicio a la estabilidad de la región, porque de no realizarla, el alzamiento hubiera acabado con todos los poblados y se hubiesen perdido las misiones del Uruguay.

Los tres padres martirizados fueron beatificados por Pío XII el 28 de enero de 1934 con las letras apostólicas Dei viventis militum y canonizados por Juan Pablo II el 16 de mayo de 1988 en Ñú Guazú (Asunción, Paraguay).

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